La locura (Chelita)
Manuscrito personal
Nota del editor: Este relato forma parte de los manuscritos personales e inéditos de Herminia Esteban Caselles de Blasón (ZAETA). Una memoria familiar cruda y profunda rescatada de sus archivos puño y letra. En la provincia de Buenos Aires, en el campo vivía un matrimonio, un hijo y dos hijas muy buenos y trabajadores que ayudaban en todos los quehaceres a sus padres. Era una hermosa familia de buenas costumbres. Todos tenían su cabello ondulado, rubio y sus ojos celestes y dulces. Un día llegó al pueblo una familia que quería trabajar en el campo y tenía un hijo solamente. El joven tenía veinte años, era alto, elegante y muy atractivo. Las dos familias se hicieron muy amigos, se ayudaban entre ellos y siempre se visitaban. Como era costumbre, allá por el año 1900, los padres arreglaron el casamiento del joven con la mayor de las hijas, que tenían la misma edad. El día del casamiento, el novio demoraba en llegar a la hora convenida y cuando llegó, para sorpresa de todos, llegó totalmente pelada su cabeza y muy contento. Cuando le preguntaron por qué lo había hecho contestó que lucía más hermoso. Todos lo tomaron como broma y no se realizó el casamiento sin problemas. De acuerdo con las costumbres, la mujer seguía a su esposo y aceptaba lo que él decía y hacía. Había muchas cosas raras en el esposo de la nueva pareja; no pasaba a mayores las excentricidades de este y tuvieron dos, tres varones y una mujer de hijos. Todavía eran bastante pequeños sus hijos y los padres empezaron a tener problemas. Ya no eran aparentes excentricidades, sino que el padre entró en una etapa de locura incontrolada y al poco tiempo murió en el nosocomio. Los tres hijos quedaron con la madre y la niña pequeña quedó a cargo de una tía. La familia se trasladó a vivir a la capital de la provincia. Los jóvenes fueron creciendo, ya eran mayores de edad. El mayor un día desapareció de la casa. Después de un tiempo volvió y llevaba consigo un manojo de llaves. Dijo que había estado en la costa atlántica y que de allí eran las llaves, pero no dijo cómo las había adquirido. En muy poco tiempo se volvió a desaparecer y nunca más volvió. Nadie supo si lo habrían encontrado haciendo algunas de sus locuras y quizá lo habían tratado. Otro hijo de esta señora trabajaba en un banco y su comportamiento se hacía cada vez más extraño entre sus compañeros. Tuvo algunos enfrentamientos muy graves y no sabía dar explicaciones del por qué lo hacía. Viendo que no entendía razones y llegaba a ser peligroso en sus actitudes y razonamientos descontrolados, se hicieron denuncias, intervinieron las autoridades de seguridad pública y determinado un estado de locura lo internaron en el nosocomio. El tercer hijo no trabajaba, aunque ya vivía con su madre y con un hermano de ella que tenía 60 años de edad. Un día la madre fue a la casa de al lado para buscar unas ropas para coser. Cuando regresó se sentía olor a humo, pero no le dio importancia y, como se había olvidado una tijera, volvió a ir a la casa de al lado. Tardó un poco y cuando regresó a su casa había muchísimo humo y un olor muy desagradable. Le preguntó a su hijo de qué era ese humo y él le contestó que era de su tío. La madre fue al dormitorio del hermano y encontró en la cama, pero horrorizada, le faltaba la cabeza. Salió y le preguntó a su hijo qué había pasado y él le contestó que le cortó la cabeza y la puso al horno. Cuando le preguntó por qué, le contestó que era muy sucio y estaba viejo. Al oír sus gritos de dolor y de terror de la señora, acudieron los vecinos y no hubo más remedio que llamar a las autoridades. Detuvieron al hijo y lo llevaron al nosocomio donde estaba su hermano. Al poco tiempo se escapó de la cárcel y apenas llegó a la casa, la familia llamaron a las autoridades y volvieron a llevarlo. Desde entonces tenían las puertas con llave y seguros por adentro, pues todos le tenían miedo. Desde ese día, la madre dejó de reír para siempre. Era una mujer hermosa, amable y dulce, pero de sus labios no surgía ni una sonrisa, ni una queja. Pasaban los años y la madre, que ahora con su hija, que era normal, iban a visitarlos. Cada vez que iban sufrían mucho por los cuadros patéticos de cada internado que daban miedo. Los hijos insistían que ellos estaban bien y les pedían que firmaran para que los dejaran libres. La madre dejó de ir a verlos, solo iba la hermana de vez en cuando. Los prisioneros tenían buena conducta allí adentro y aprendían muchos trabajos. Un día, los le comunican a la madre que, como están mejor, los trasladaban al hospital y ya no tenían cárcel. Desde allí era más fácil escapar. Uno de ellos se escapó y pudieron encontrarlo. La madre, envejecida y triste, se dio por vencida y se sentía muy cansada. Una noche, a las cuatro horas, quedó dormida para siempre. A ella le gustaba la ropa de color rosado. Una noche le pidió a su hija que le ayudara a ponerse el camisón rosado. A las cuatro horas de esa noche, con una gran sonrisa y una expresión de felicidad, se quedó dormida para siempre. Yo la quería mucho, ella también sentía hacia mí una gran simpatía. Una noche soñé con mi madre muerta y que yo la besaba. En el sueño yo lloraba desconsolada, era una pesadilla. Cuando despierto y doy cuenta de que era la casa de mi amiga y que la señora muerta era su madre. Ella tenía un camisón rosado y sonreía. Unos 15 días después llega carta donde mi amiga me cuenta con detalles de la muerte de su madre y cuando había fallecido. Resultó ser el mismo día, la misma hora y lugar, tal cual yo la había soñado. Ese beso que le di fue como una despedida y su sonrisa, la paz que llegó a su alma. Al poco tiempo mi amiga recibió el aviso del fallecimiento de uno de sus hermanos y antes de pasar un año, el de su otro hermano. Luego supe que la locura del abuelo y del padre se transmite a los varones y las niñas son normales.
Zaeta